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MUSEO/CINE/ARTE 3: El llamado de la vocación

En junio, recomendamos siete filmes por semana que giran alrededor de cuatro temas recurrentes en el cine.

El Museo Nacional de Bellas Artes presenta en junio “MUSEO/CINE/ARTE 3”, una selección de películas y cortometrajes –que pueden encontrarse en diversas plataformas–, recomendados por Leonardo D’Espósito, curador de cine del Bellas Artes.

Dice D'Espósito sobre este tercer ciclo: “Este mes, presentaremos filmes que giran alrededor de algunos temas muy recurrentes en el cine y que, si bien tratados en otras artes, resultan especialmente frecuentes, casi propios de la gran pantalla. Tienen relación con el desarrollo del arte cinematográfico y, veremos en cada núcleo, con las circunstancias históricas en los que fueron creándose formas del cine. Estos temas (no los únicos, pero sí con un volumen importante de producción en todas las cinematografías) son la visita del extraño que cambia el mundo y desaparece; la tensión entre la vocación y la vida en sociedad; el viaje como modo de transformación; y el cine mismo y su lugar en el mundo. Aunque hay muchos más títulos que los presentados en estas series, nos restringimos a aquellos a los que se puede acceder con sencillez y legalmente a partir de los servicios digitales disponibles en la Argentina”.

El llamado de la vocación

Es probable que la vocación sea, en realidad, el único tema del arte. Por qué se pinta, se escribe, se danza o se filma cuando no es “necesario” nada de esto para la vida biológica. Pero cada obra es producto de esa vocación, de la apuesta a hacer algo que resulta imperioso para el artista incluso si el mundo no lo pide, no lo entiende o, directamente, lo rechaza. En este tema es donde mejor se ve el lazo entre lo artístico y lo religioso, dos aspectos que formaban una misma realidad en el mundo tradicional del pasado. ¿Por qué el cine puede plasmar la vocación de mejor modo que otras artes? Probablemente porque, dada la necesidad de hacer “reales” las imágenes, la intervención de lo irracional ‒la vocación carece de razones, por definición‒ resulta mucho más evidente y comprensible. El cine permite mostrar con mucha precisión el contraste entre la “normalidad” y la aparición de esa chispa sin explicación que deriva en algo nuevo. En esta selección, no hablamos exclusivamente de artistas, sino de toda clase de vocaciones, incluso de sus manifestaciones menos evidentes. En todos los casos, llevar al extremo el sentido de tal llamado conduce necesariamente al autosacrificio, el tropo que mejor resuelve la tensión entre lo vocacional y lo cotidiano.

Leonardo D’Espósito

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El fugitivo

(EE. UU., 1947)

Dirección: John Ford

“Vocación” es “llamado”, y es el “llamado”, esa voz totalmente inesperada e inasible, el que recibe un hombre para volcarse al sacerdocio. Es parte de la tradición del catolicismo, aunque es mejor pensar que el catolicismo concentra muchas tradiciones. John Ford siempre se reivindicó como católico irlandés, pero en pocas películas lo religioso está presente de modo explícito.

Esta adaptación de la novela de Graham Greene “El podery la gloria” (otra obra de un católico) narra la odisea de un cura rural en un país donde se ha prohibido la religión y ser sacerdote es una condena a muerte. No se dice, pero ese país es el México de la Revolución, algo perfectamente claro cuando vemos que el Indio Fernández es el productor de la película y la fotografía, de ese maestro absoluto que fue Gabriel Figueroa. La película es una constante batalla entre la luz y la oscuridad, de allí sus tintes a veces expresionistas (la impactante escena final, que puede colocarse junto a los momentos más trascendentes de Robert Bresson o Carl Dreyer), y muestra ‒en el personaje de un cura que huye para salvar la vida, pero se encuentra con un aprendizaje que lo lleva a respetar esa vocación y el sacrificio‒ el sentido de un llamado que supera las necesidades cotidianas.

*Disponible bajo suscripción en Qubit.TV

El pirata

(EE. UU., 1948)

Dirección: Vincente Minnelli

Vincente Minnelli fue un maestro en dos campos: la comedia ‒musical o no‒ y el melodrama. En 1948, reunió una cantidad enorme de talentos: Cole Porter en las canciones, Frances Goodrich y Albert Hackett en el guión, Judy Garland ‒entonces su esposa‒ y Gene Kelly en los protagónicos, Cedric Gibbons en la escenografía, Edith Head en el vestuario. La flor y nata de Hollywood para un fracaso comercial que solo mucho después se convirtió en un clásico.

Quizá no se entendió: todo transcurre en una isla imaginaria del Caribe en el siglo XVIII, pero con jazz del siglo XX. Hay una chica que sueña con vivir aventuras al lado de un legendario pirata, pero tiene que casarse con un señor aburridísimo; hay un comediante que llega al pueblo con la única intención de hacer reír, pero se enamora y se hace pasar por aquel pirata. Y hay un secreto que es cruel, pero termina cómico. La película gira alrededor de la vocación artística, el llamado anárquico a hacer algo que parece inútil, pero que el mundo necesita: reír. De allí que todo culmine con una canción llamada “Be a clown”, por ejemplo. Pero detrás de esta extravagante historia cómica y vertiginosa, aparece la idea de que, en el corazón de ciertas personas, late algo irracional que los lleva fuera de la gris vida de todos los días. Un tema, el de la pasión irrefrenable, que aparece en toda la filmografía de Minnelli, desde su gran película sobre el cine “Cautivos del mal”, hasta su gran melodrama “Dios sabe cuánto amé”, pasando por un musical brillante como “Un americano en París” y su filme complementario, la biografía de Van Gogh “Sed de vivir”. El pirata es la puesta en escena cartesiana del deseo de divertir a los demás, de comunicar una forma de arte.

*Disponible bajo suscripción en Qubit.TV

Primavera tardía

(Japón, 1949)

Dirección: Yasujiro Ozu

Todas las películas de Yasujiro Ozu giran alrededor de las relaciones familiares. Todas, sin excepción, son exposiciones plácidas donde la emoción, muchas veces intensa, se produce poco a poco, sin golpes de efecto, sin otra herramienta que la cámara mostrando los pequeños gestos de sus personajes. Pero en todos ellos late ‒y lo comprendemos‒ algo que supera lo visible, algo trascendente que es imposible de transmitir en palabras. Por esa razón el guionista, director y crítico Paul Schrader menciona a Ozu ‒junto con Andrei Tarkovsky y Robert Bresson‒ como uno de los representantes del “estilo trascendente”. El vehículo es la vocación, aunque esta no se manifieste, como sucede en el cine en general, a través del arte o de la pasión religiosa.

En “Primavera…” tenemos a una mujer aún joven, aunque ya no tanto, a quien todo su entorno empuja al matrimonio. Pero su único deseo es cuidar a su padre. Este deseo va más allá del deber filial y del evidente amor que siente por ese hombre, que también desea que no se sacrifique por él. Es una auténtica vocación, algo que carece de toda explicación. Ozu sabe, y lo muestra la extraordinaria forma contemplativa del filme, que tal idea es totalmente inefable, pero que si no puede traducirse en palabras, puede volverse diáfana gracias a imágenes y acciones. La película logra transmitir algo tan complejo con la sencillez del encuadre preciso.

*Disponible bajo suscripción en Qubit.TV

Montparnasse 19

(Francia, 1958)

Dirección: Jacques Becker-Jean-Pierre Melville

Entre las muchas biografías de artistas plásticos, esta versión de la vida de Amedeo Modigliani ocupa un lugar especial. Comenzada por Jean-Pierre Melville y terminada por Pierre Becker, está bastante más cerca de la obra del primero por evitar, salvo cuando es absolutamente necesario, el golpe artificial del melodrama. El Modigliani de la película es joven, es melancólico, es alcohólico, es un enamorado y está enfermo. Puede hacer mil cosas para superar aquello que lo angustia, y la película se encarga de que tales puertas sean visibles. Pero Amedeo solo puede pintar. Y pintar a su modo, pintar no como ve las cosas, sino como las interpreta ‒lo que nos lleva nuevamente, sin subrayados, al llamado de la vocación‒. Y no como debería para poder vender sus cuadros, sino como cree que debe hacerlo aunque nadie los compre.

La idea de que se hace lo que se debe incluso a costa de no poder vivir en el mundo es la misma que sostiene filmes tan disímiles como “Bob, le flambeur” y “El samurai”, también de Melville (y, secretamente, de esa joya impresionante que es “El ejército de las sombras”, sobre la Resistencia francesa ante la ocupación nazi). El trabajo de Gerard Phillipe como “Modi” es impresionante: realmente es alguien fuera del mundo que no logra cuajar en él ‒ni lo ama‒, pero al que le cede finalmente su arte, creando algo nuevo que, de paso, genera un cambio. Es quizá la película definitiva sobre la relación conflictiva entre el arte y su comercio, que es otra manera de hablar de la difícil relación entre lo cotidiano y lo trascendente.

*Disponible bajo suscripción en Mubi

El proceso de Juana de Arco

(Francia, 1962)

Dirección: Robert Bresson

Robert Bresson consideraba que no debía tener “actores”, sino “modelos”. No profesionales que interpretasen a un personaje, sino personas que se adaptaran al modelo de ese personaje. Para esta película, necesitó hallar una Juana de Arco; fue Florence Delay, entonces de 19 años, que hoy es mucho más conocida como escritora. Esa Juana es un hallazgo: carece de histrionismo, dice sus frases como las hubiera dicho la verdadera Juana durante su proceso, evita, bajo la dirección de Bresson, que nos concentremos en algo más que en la situación en sí. La película está en el extremo opuesto de la versión de Carl Dreyer del mismo tema, donde el realizador danés opta por los primeros planos y un giro expresionista en la puesta en escena. Para Bresson, lo importante es mostrar y dejar que la historia fluya. Quizá por eso el filme fue mal recibido cuando se estrenó y revalorizado luego.

Juana es una joven totalmente convencida de su fe y de su destino, que se mantiene incólume en lo que cree verdadero, fiel al llamado que ha recibido. Aun cuando, en un momento de debilidad, decide salvar su vida, su vocación es más fuerte, y eso la condena yla libera al mismo tiempo. En pocos filmes se muestra de un modo más claro lo irracional (sin que el término deba interpretarse de modo despectivo) de la vocación. Bresson recurre al plano general siempre que es preciso, y al plano detalle no para encuadrar el rostro -lo que contradiría su sistema de dirección de actores- sino manos, detalles de ambientes, pasos. Es una manera de comunicar lo incomunicable, de decirle al espectador que la Gracia ‒Bresson también es católico, como lo demuestra su impresionante “Diario de un cura rural”, aunque nunca se reivindicó explícitamente como tal‒ está en todas partes, que lo esencial no aparece donde estamos demasiado acostumbrados a buscarlo.

*Disponible bajo suscripción en Qubit.TV

Batman vuelve

(EE. UU., 1992)

Dirección: Tim Burton

El cine de superhéroes se basa en una premisa: el ser excepcional es más poderoso que el resto de los mortales y tiene el deber moral de una elección. Pero sabe, también, que ese poder es una maldición de la que no puede deshacerse, solo redimirla mediante la conducta moral correcta. De todos los personajes de este género, Batman es, con mucho, el más trágico. Carece de otro poder que no sea su inteligencia (bueno, incluyamos sus billones) y una conducta sobrenatural para que su sed de venganza no derive en el asesinato. Es, por lo tanto, un ser al margen de la vida cotidiana, alguien que no puede tener una familia.

En esta fábula de Tim Burton se trata de mucho más que del justiciero vocacional. Hay cuatro personajes en danza: el hombre murciélago; el Pingüino; un niño rechazado y criado en las cloacas por ser “vocacionalmente” y desde temprano un villano; Gatúbela, la mujer soltera, abusada, rechazada e incluso asesinada que recibe el llamado de la venganza; y el empresario Max Schrek, el inescrupuloso cuyo único deseo es la riqueza “succionando” la energía de la ciudad como un auténtico vampiro (de allí el nombre, idéntico al del actor que protagonizó la “Nosferatu” de F. H. Murnau). Son cuatro seres irracionales, cuatro humanos-animales que no pueden dejar de hacer lo que hacen, y que son finalmente maldecidos por su propia elección moral. Burton utiliza no la iconografía de la historieta, sino la del cuento de hadas, y sitúa todo en la Navidad, esa fiesta que, incluso antes del Cristianismo, representó el renacimiento y la renovación. La vocación de héroe es, como la del sacerdote y la del artista, una invitación a vivir al margen.

*Disponible bajo suscripción en HBO Go

Hasta el último hombre

(EE. UU., 2016)

Dirección: Mel Gibson

Probablemente no haya director menos sutil en las imágenes que Mel Gibson. Sea retratando la Pasión de Cristo (en esa película escandalosa, pero que requiere urgente revisión) o los sacrificios humanos en tierras mayas (“Apocalypto”, uno de los filmes más originales de las últimas dos décadas), es notable el gusto por la sangre y la violencia. Pero no sería un gran director si solo fuera eso. Gibson, notable actor, muestra la violencia como una manera de redención y también como algo inexplicable, solo superado por la inasible e indescriptible vocación de sus protagonistas, que llegan incluso a la santidad.

“Hasta el último hombre” se basa en un hecho real: un joven, adventista del Séptimo Día, decide enrolarse en el ejército de los Estados Unidos cuando estalla la Segunda Guerra Mundial. Pero está decidido a no portar armas, a ser auxiliar enfermero. La primera parte de la película transcurre en el entrenamiento, donde sus compañeros y superiores lo maltratan para que o bien tome un arma, o bien desista. Pero logra imponer, contra toda racionalidad, su voluntad. La segunda es una larga e hiperviolenta secuencia bélica donde un regimiento trata de tomar una colina en una isla del Pacífico y queda atrapado. Nuestro protagonista, sin disparar un solo tiro, logra rescatar a la mayoría de sus compañeros, los mismos que lo maltrataron y despreciaron. La metáfora bíblica es transparente (y se subraya en la escena final), pero permanece intacto el misterio que impulsa a este personaje a hacer algo imposible, a respetar su vocación incluso en el peor de los escenarios.

*Disponible bajo suscripción en Netflix

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