Gustavo Marrone en su atelier

Gustavo Marrone en su atelier

  • Autor: Schvartz, Marcia
    (Argentina, Buenos Aires, 1955 )
  • Fecha: 1988
  • Origen: Donación, Fundación Antorchas. 1992
  • Género: retrato, ochentas
  • Escuela: Argentina S.XX
  • Técnica: Óleo
  • Objeto: Pintura
  • Estilo: FiguraciónRealismo
  • Soporte: Sobre tela
  • Medidas: 180 x 160 cm.
  • Ubicación: Sala 38 - Arte argentino 1960 - 1980: La nueva imagen del Hombre

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Nº Inventario 9401

Comentario sobre Gustavo Marrone en su atelier

Marcia Schvartz comenzó a dibujar y pintar desde su niñez junto a Ricardo Carreira y en los talleres de Luis Falcini y de Rebeca Guitelzon. Asistió a la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano donde fue compañera de Eduardo Stupía, Roberto Elía, Duilio Pierri y Felipe Pino, entre otros colegas de trayectoria. Estudió grabado con Aída Carballo –considerada por la pintora como una maestra– quien seguramente le transmitió su gusto por las imágenes de los colectivos porteños.
Pasó fugazmente por los talleres de serigrafía de Jorge Demirjián y de pintura de Luis Felipe Noé. Fue el fotógrafo Humberto Rivas quien la estimuló en su opción por el retrato durante el exilio de la joven pintora en la Barcelona posfranquista, entre 1977 y 1982. Allí comenzó su extenso inventario de costumbres y pasiones de la clase popular. Retrató a los auténticos protagonistas de los barrios, fueran las vecinas de Barcelona o los habitantes del Abasto, donde vivió cuando regresó a Buenos Aires. Aquella caterva resplandecía en sus lienzos. En 1988, Alberto Laiseca comparó a la artista con Manuel Puig “por el rescate de todas las criaturas marginales y despreciadas” (1) que Schvartz mudaba al centro de sus cuadros.
Si bien se la ha vinculado a la densidad expresiva de la Nueva Objetividad alemana, a la poética del erotismo de Egon Schiele, a las modulaciones del color de Lucien Freud o a la estética de la fotografía de Diane Arbus, su pintura posee una indudable raigambre en la tradición local. Más precisamente, en la figuración crítica que emparenta a Lino Enea Spilimbergo, Antonio Berni, Carlos Gorriarena, Jorge de la Vega, Carlos Alonso, Fermín Eguía, Pablo Suárez y Luis “el búlgaro” Freisztav (2).
Gustavo Marrone en su atelier es quizás uno de los últimos retratos de una intensa etapa de trabajo con modelos del natural que llevó a Schvartz a convertirse en la retratista por excelencia de la escena artística de los años ochenta. Hacia fines de la década su pintura se desviaría al paisaje, a los cactus y a la serie de Morochos. Artistas plásticos, como es el caso de esta pintura, pero también actores, poetas, performistas y coleccionistas, todos los personajes clave de la cultura subterránea porteña posaron ante su filosa mirada. Con cada cuadro la pintora parecía describir un entorno personal que daba cuenta a su vez de la animada comunidad afectiva y de trabajo que activó la necesaria reconstrucción de los lazos sociales durante la posdictadura. Paralelo a su trabajo en pintura de caballete, Schvartz realizaba títeres, objetos y escenografías para diferentes puestas en escena. Se aventuró en la creación de esculturas, instalaciones y proyectos multimediáticos junto a Freisztav y Liliana Maresca, entre otros artistas de singular talento. Aunque inmersos en sus “hábitats naturales” y rodeados de sus objetos-atributos, de la mano de Schvartz sus modelos quedaban a la intemperie; muchos de ellos no se reconocían sino en sus lados más oscuros. Para la elaboración de aquellos retratos implacables, descarnados e impiadosos en su autorreferencialidad –tal como se los ha descripto más de una vez– era preciso el diálogo de miradas. Schvartz sostuvo: “Mi pintura con modelo es una pintura de pincelada sobre pincelada. Trato de transmitir en el cuadro la vibración que provoca en mí el modelo; como si fuese automáticamente mi mano la que reconstruye lo que el ojo ve, es un estado en donde casi no pienso” (3). Esa vibración se percibe en la radicalidad de los colores del retrato de Marrone.
En su superficie permanece la energía de ese encuentro, del que el gato ya no es el único testigo. Contenida en ese ángulo formado por la pared del estudio y su propia obra, la presencia taciturna del joven pintor se amplifica en su pose casi señorial.Viviana Usubiaga

Notas al pie

1— Alberto Laiseca, “La obra de Marcia Schvartz” en: Schvartz. Piezas 1988, cat. exp. Buenos Aires, Jacques Martínez Arte Contemporáneo, 1988.
2— Laura Malosetti Costa, “Marcia Schvartz” en: Gabriel Levinas (ed.), Marcia Schvartz. Joven pintora. Buenos Aires/Barcelona 1975-1984. Buenos Aires, Artemúltiple, 2006, p. 10.
3— Morochos, cat. exp. Buenos Aires, Galería Adriana Rosenberg, 1990.

Bibliografía

1999. HERRERA, María José, “Los años setenta y ochenta en el arte argentino. Entre la utopía, el silencio y la reconstrucción” en: José Emilio Burucúa (dir.), Nueva historia argentina. Arte, sociedad y política. Buenos Aires, Sudamericana, vol. 2, reprod. color p. 162.